RAMONA CERDÁN Y JOAQUÍN CONSESA
 
Diálogo de los enamorados que empiezan por reñir y terminan cantando amores.
 
 
Oye tú, mozo bizarro,
lo que te voy a explicar,,
Esas cuentas que tu sabes
las tenemos que arreglar.
 
Tú sabrás qué cuentas son
las que conmigo has de arreglar,
porque no me acuerdo yo
de hacerte ningún motivo.
 
¿Tú crees que no me acuerdo
de aquellas ciertas rositas
que hablabas el otro día
con aquellas dos mocitas?
 
¡Qué celosa me saliste!
Si con las mozas hablé
fue por divertir el tiempo,
pero de ti nada fue.
 
Tú pretendes engañarme
con tu cara de estudiante.
Vete de aquí, sinvergüenza,
por embustero y tunante.
 
¡Oye tú, burra sin rabo,
que te has de llegar a pensar!
Piensa mucho en lo que dices
porque yo te enseño a hablar.
 
El demonio del tiñoso
piensa que me va a asustar.
Retírate de mi lado,
no te quiero oír ladrar.
 
Si es que de perro me tratas
llevas esos mal pensado,
cara de bruja maldita,
piernas tuertas del diablo.
 
¡Oye, caldero sin culo,
barriga de panderetas,
narices de mono viudo!
Mis piernas son muy derechas.
 
Son derechas como un arco,
carne de liebre corrida,
ojos de gato sin hambre,
escoba de mi cocina.
 
Tú piensas avasallarme,
cara de negro africano.
Ya estoy cansada de hablar
con semejante marrano.
 
Qué lástima de alacrán
que la lengua te picara,
y por ser tan mal hablada,
que muda a ti te dejara.
 
Mira que estoy encendida,
No me vuelvas a insultar,
que si echo mano a la escoba
de mi te vas a acordar.
 
Vaya una niña valiente,
casi me quiere pegar,
y cuatro juntas como ella
preciso para almorzar.
 
Sal conmigo a la calle,
allí te quiero hacer ver.
Vas a morir temblando
en manos de una mujer.
 
Dispensa si te ofendí.
Ten por Dios tranquilidad,
no vayas a hacer conmigo
alguna barbaridad.
 
Te perdono, hombre cobarde,
pero márchate de aquí,
y nunca trates a nadie
como me has tratado a mi.
 
Ya sé que tu corazón
es muy noble y cariñoso,
y quizás llegue a ser,
tú mi mujer y yo tu esposo.
 
Eso sí que no lo pienses,
que si llegara a pasar,
el día que me insultaras
te tenía que reventar.
 
Cállate tú, prenda querida,
la que me tienes así,
pues ni duermo ni sosiego
desde el día que te vi.
 
Después de tanto insultarme
y hasta quererme ofender,
¿cómo quieres que mi amor
en ti yo pueda poner?
 
Por un acaloramiento
fue por lo que te ofendí.
Perdóname, linda estrella,
y ten compasión de mi.
 
Te has puesto muy bien hablado
y me quieres engañar,
así es que en tus palabritas
yo no me puedo fiar.
 
Te juro, blanca paloma,
que mi amor es verdadero,
y no me desprecies más
porque de pena me muero.
 
Pues si es verdad que sin mi
te es imposible vivir,
juremos de no olvidarnos
en el mundo hasta morir.
 
Aquí termina la riña
de estos dos enamorados
que después de tanta lucha
luego salieron casados.
 
*   *   *
 
(Còpia manuscrita d'Adelaida Moles)