LA NIÑA ENTERRADA EN VIDA
 
 
PRIMERA PARTE
 
Virgen sagrada del Carmen,
te suplico protección
para explicar un suceso
que causa pena y dolor.
 
En la parroquia de Lira,
partido de Puenteareas,
ha ocurrido un suceso
que al oírlo causa pena.
 
En esta pequeña aldea,
un matrimonio habitaba,
y con una sola niña,
que con siete años contaba.
 
Así pasó algún tiempo,
que felices se encontraban
con aquella niña hermosa
que a ella mucho adoraban.
 
Pero al pobre de Manuel,
mala suerte le acompaña.
Por culpa de su mujer,
la ruina le entró en su casa.
 
Pero esta mujer ingrata,
al vicio se le entregó,
con un hombre traicionero,
causa de su perdición.
 
Pues este José María
al marido vigilaba;
cuando salía al trabajo,
él en casa penetraba.
 
Pues este José María
le decía a su querida:
"Siento decirte una cosa,
que nos estorba tu hija".
 
Le contesta ella el por qué,
y él, muy lleno de razón,
porque cualquier día, ésta
va a ser nuestra perdición.
 
Y, abrazando a su querido,
le dice en este momento:
"No temas, amante mío,
que pronto la haré de menos".
 
Se pasó algún tiempo
sin que éste se enterara,
pero como Dios es justo,
quiso que se aclarara.
 
El día cuatro de julio,
día de grande suceso,
entrando su padre en casa,
a la niña le dio un beso.
 
Y la niña, acariciada,
a su padre le decía:
"Tu no me traes caramelos
como el señor José María".
 
El padre, al oír esto,
a su hija preguntaba
como viene este hombre a casa,
y la niña contestaba:
 
"Pues el señor José María
viene a casa todos los días,
entran en la habitación
donde tu y mamá dormíais".
 
El padre desconfiando
al trabajo se marchó,
y lo que habló la niña
a su madre se lo escuchó.
 
Pero esta madre cruel,
a la niña decía así:
"A ti la muerte te espera
por hoy descubrirme a mí".
 
Y sin esperar momento,
a la cocina marchó,
y haciendo un gran hoyo,
en vida a su hija enterró.
 
Estándola enterrando,
la niña grita, y con razón:
"No me metas en este pozo,
madre de mi corazón".
 
Hacía tiempo que la abuela
enferma se hallaba en casa,
pero desde allí escuchó
lo que la niña exclamaba.
 
Cuando su padre llegó,
que del trabajo venía,
a su mujer preguntó
que donde estaba la niña.
 
 
SEGUNDA PARTE
 
Pues el padre, acostumbrado,
cuando del trabajo venía,
siempre le salía al encuentro
aquella hija querida.
 
Y su mujer le contesta:
"Para la calle salió
a jugar con las demás niñas
y todavía no volvió".
 
Pero éste, desconfiado,
en busca de su hija salió.
Viendo que no la encontraba
a su casa regresó.
 
Lleno de ira y coraje
penetró en la habitación,
y a su madre le pregunta
por su hija del corazón.
 
Y la madre le contesta,
triste y muy apenada:
"En la cocina sentí
exclamar estas palabras:
 
<<No me eches tierra a los ojos,
mamá querida del alma,
que me estoy quedando ciega
y casi no veo nada>>".
 
Y Manuel, al oír esto,
lo que su madre contaba,
ciego y muy desesperado,
a la cocina marchaba.
 
Y viendo la tierra fresca,
a cavar se determina,
y sin pérdida de tiempo,
allí encontró a su hija.
 
Al encontrar a su hija,
de aquel hoyo la sacó,
besándola fuertemente
de esta manera le habló:
 
"Hijita de mis entrañas,
todavía estás caliente.
No fue otra más que tu madre
la que a ti te dio la muerte".
 
Estando en esta faena,
que su mujer ignoraba,
que de la calle venía,
para cocinar entraba.
 
Viendo a su mujer delante,
loco y muy desesperado,
a ella se abalanzó
dejándola muerta en el acto.
 
Este hombre lleno de rabia
ante el crimen cometido
se dirigió a la casa,
de su esposa, el querido.
 
Y no encontrándolo en casa,
este hombre recapacitó,
y sin perder un momento,
a la justicia se entregó.
 
Al oír su declaración,
a la prisión lo llevaron.
Fueron a dar tierra sagrada
a aquellos cuerpos humanos.
 
Carta que escribió Manuel
desde la prisión
a su madre, que enferma,
se hallaba en su cama:
 
<<Adiós, mi madre querida,
que jamás te vuelvo a ver,
postradita en esa cama
por una mala mujer.
 
Pobre, mi madre querida,
¡ah, que triste porvenir!
Por no tener quien te cuide,
a un hospital tienes que ir.
 
No te aflijas, madre mía,
paciencia y resignación,
que aún pienso en abrazarte
al salir de la prisión.
 
Pues pienso salir muy pronto,
se lo digo, madre mía,
porque he vengado la muerte
de mi hija tan querida.
 
Adiós, hijita de mi alma,
nacistes desgraciadita,
por ser tu madre mundana,
que te ha enterrado con vida.
 
Y con esto me despido
de todos en general.
Que a ningún hombre le pase
este caso tan fatal.
 
FIN
 
*   *   *
 
(Còpia manuscrita d'Adelaida Moles)